Esta es una réplica a «Tres Versiones de Judas», de Jorge Luis Borges: https://ciudadseva.com/texto/tres-versiones-de-judas/

 

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et illud Verbum caro factum est

 

 

 

“All men dream, but not equally. Those who dream by night in the dusty recesses of their minds, wake in the day to find that it was vanity: but the dreamers of the day are dangerous men, for they may act on their dreams with open eyes, to make them possible.”

 

 T.E. Lawrence, Seven Pillars of Wisdom: A Triumph 

 

 

S

iempre que el talento se vuelca en la palabra no es más que por la Gracia recibida, más allá de cualesquiera influjos académicos o entornos oportunos. Por ende, a la voz de allí brotada le compete su total entrega al compromiso, aunque sea tan sólo por dar aire a la más elemental pulsión de aprecio hacia aquel quien nos sostiene, «31a fin de que, como dice la Escritura: El que se gloríe, gloríese en el Señor» [I Corintios: 1-31[a]]. Ingeniar por tan sólo oscurecer no se ajusta ni a la Gracia ni a las ansias de vivir, sino a quien regenta las tinieblas. El vanidoso perderá la vista, y tal como Nils Runeberg, habrá de culminar sus días «ebrio de insomnio y de vertiginosa dialéctica», rogando a voces su entrada en el infierno. O no menos peor: lo mismo que el autor del personaje sueco, fenecerá menospreciado por aquellos a quienes estaba destinada su diletante vanidad, pues de quien blasfema con talento en contra del Espíritu no se acordará ni el más helado olvido.

            Enseguida aclaro mi dictamen. Primeramente aduzco que bastará con la simple persistencia en la lectura de los textos evangélicos, además de sencilla lucidez, para enterarse que por causa de la pascua y sus tumultos fue preciso el prendimiento de Jesús en los lares apartados de Getsemaní. Bastará esto, digo, y no la llana excusa argüida por el inventor de Runeberg —quien añadió el tácito y coincidente parecer de un fulano Robertson, tal que si a fuer de vacía pretensión de citas pudiera demostrarse alguna tesis—, precisamente Runeberg, el incierto artífice del no menos facticio Kristus och Judas, quien con imperdonable ligereza afirma: «que para identificar a un maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos de miles de hombres, no se requiere la traición de un apóstol». 

Al sofisma vago que desliza el argentino respecto de la traición del apóstol Iscariote, mera argucia asaz peyorativa según la cual los evangelios pecan narrativamente al presentar dicha vileza como un hecho casual, opongo no tan sólo al veraz Lucas, allí donde dice: «3Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce, 4y se fue a tratar con los sumos sacerdotes y los jefes de la guardia del modo de entregárselo» [Lucas 22:3-4], sino incluso a Pablo, quien respecto del combate espiritual aconsejó lo siguiente, diciendo: «11Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo.12Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas» [Efesios 6:11-12]. De conformidad con el sentido sustantivo de esta Epístola de Pablo, aquí sostengo que durante la noche en que se consumó aquella traición el lugar más peligroso y vulnerable de este mundo fue precisamente aquel alto aposento en donde se encontraba orando el Hijo del hombre, en compañía de tres de los suyos. No en vano, antes de su arresto, Jesús les había dicho: «40Pedid que no caigáis en tentación» [Lucas 22:40], pues sabía que allí también estaba Satanás. Dicho esto, es fácil deducir la razón de la deriva del apóstol Iscariote. 

Pero hay más: en otro tramo de su ocurrente relato el bardo argentino se decanta por cierta cínica impostura de salón al decir, respecto de los evangelios y en lo tocante a Jesús, que «limitar lo que padeció a la agonía de una tarde en la cruz es blasfematorio», sin apenas observar la mínima empatía por el sufrimiento del Nazareno y sin querer comprender, además, que también es blasfematorio sugerir que la narración evangélica tan sólo limitó la agonía de Jesús a una sola tarde, con frívola actitud. El aburguesado autor de El Aleph nunca conoció o padeció en carne propia el tormento de su propio cuerpo en una cruz. De haberlo sufrido hubiera constatado que en toda tortura el dolor es ilimitado, ergo, la blasfemia es ajena a los evangelios. A renglón seguido, ya sea por ignorancia o ánimo falaz, declara sobre Jesús que «afirmar que fue hombre y que fue incapaz de pecado encierra contradicción». Queda así patente el doblez inexcusable de su juicio, de aquel que siempre sumergió su voluntad a escudriñar las copiosas bibliotecas, puesto que en respuesta a esta última sentencia aquí sostengo que las Sagradas Escrituras son harto elocuentes al revelar que Jesucristo no sólo fue y es un hombre, sino también el Dios Hijo de la Santísima Trinidad, y por consiguiente es lícito afirmar que Él es Dios, nada menos que el non plus ultra de la divinidad. Dicho esto, y en oposición a la supuesta contradicción que anota el argentino, se colige que el pecado no hace ni ha hecho parte de la naturaleza del Hijo del hombre, ni siquiera cuando hubo de encarnar la forma humana.

¿Escasez paradojal de los caudales eruditos? Es probable que el autor del relato intitulado Tres Versiones de Judas[Ficciones, 1944] haya adolecido de sincero compromiso hacia las Sagradas Escrituras que incompletamente cita allí. De igual manera, evidente también fue su desafección hacia los temas amerindios, empero de lo cual aún tengo presente aquella excepcional fabulación en donde comentó, empleando la voz activa de su personaje Tzinacán, mago de la pirámide de Quaholom, que «En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios» [La escritura del dios, El Aleph, 1949]. Aún hoy, este texto sigue sorprendiéndome, no sólo porque la frivolidad de alguien como su alter ego Nils Runeberg, teólogo falaz, aquí se encuentra afortunadamente ausente, sino porque en el decurso de esta brevísima ficción nuestro literato del Río de la Plata se permitió, verdaderamente, rebosar en cada línea los efluvios de una súbita intuición rayana en lo sagrado, obrando cabalmente reciprocidad hacia la Gracia previamente recibida, y sin que a causa de tal gesto sufriera mella su relato. 

            Sin duda su desafección amerindia, arriba mencionada, le privó abundar en los adentros del camino del jaguar. Qué hubiese ocurrido si hubiera descubierto que en la Amazonía, desde la más remota antigüedad, en lugar de Biblia los indios contaban con la amarguísima Ayahuasca, cuyo origen, al decir de los curacas de la etnia Cofán del Bajo Putumayo, en Colombia, me fue relatado a través del siguiente testimonio[b]:

 

«Los mayores cuentan que cuando Chiga —tal es el Secreto Nombre de Dios para los A'i Cofán— estuvo en este mundo cogió y quitó un pelo de su coronilla y lo sembró. De ahí crió la primera mata de yajé. Luego cogió y cortó esa mata y preparó yajé fuerte. Y así tomó. Y ahí sí vino duro la chuma [borrachera visionaria], durísimo, y mi Dios cayó al suelo y se revolcó, defecó y se orinó. Y así, muriendo. Y así, sufriendo, pudo aprender todo lo sabio. Primero bajó a los infiernos y así, sufriendo, aprendió todo lo de los sabios malos. Y luego subió al cielo y así aprendió todo lo de los sabios buenos. Y así dejó dicho: bueno mis hijitos, así como yo estuve cayéndome a tierra, sufriendo y muriendo, así también ustedes. Para aprender primero tienen que tomar duro [yajé], y sufrir y morir, y todo lo demás: cagarse, orinarse y revolcarse. Y sólo así podrán alzar a mirarme y aprender a curar a los demás

Por eso es que para aprender toca sufrir —concluye el curaca—, porque así mi Dios, Chiga, nos dejó maldecidos».

 

Ni qué decir de la presencia del jaguar durante los trances de Ayahuasca, al hilo con la intuición del bardo bonaerense a propósito de aquel felino en tanto atributo divino, no ya del dios —uno de muchos, como ese dios al que alude Tzinacán—, sino de Dios, nuestro Padre Creador. De haber descubierto o bebido ese amazónico misterio se habría dado cuenta que conozco a ciertos brujos que han obrado los prodigios curativos y exorcistas que describe Marcos en su muy viejo evangelio, que el Hijo del hombre sigue vivo y detenta varios nombres, que «la hermosura que el consenso vulgar atribuye a Cristo[c]» nos parece destellante a quienes le hemos visto en gracia de Ayahuasca, que allegarse a Él es practicable avanzando en Fe por el camino del jaguar —no sin sufrimiento—, y que es cierto que en pos de nuestra salvación Dios Padre eligió ser Jesucristo: el Dios Hijo de la Santísima Trinidad, tal como afirmé arriba, a cuentas de un destino hermoso en que su crucifixión, amén de su resurrección, aún redime a nuestra humanidad pecaminosa. Asimismo, ebrio de Ayahuasca, que no de insomnio, habría constatado parte de su hipótesis al comprender con gran asombro que El Verbo se ha hecho carne no una sino varias veces, al presente aún y sin querer que se propale en este mundo Su secreto —tal así me consta—, aunque jamás dio en elegir el destino aciago de Judas Iscariote, como especula el bardo a través de su inventado Runeberg; de igual modo, ebrio de Ayahuasca, se habría estremecido ante el abismo harto inefable contenido en la Epístola a los Efesios: porque hay quienes creyendo estar obrando hacia las cumbres, apuntando sus alientos a los orbes aparentemente áureos, en realidad se están rindiendo a los Espíritus del Mal que moran las alturas, aunque de estos nadie hable. Los creyentes que así yerran se cuentan por cientos de millones. Los hallaremos entregados incluso a los ritos de Ayahuasca —vaya paradoja, aunque no es la regla—, a la Ciencia, a las Artes, a los asuntos de gobierno, a los oficios más triviales o exigentes, a liderar el culto hacia quien juzgan ser su creador —encarnando incoherencia entre sus prédicas y prácticas, promoviendo humildad loable a la vez que viven en el lujo y pergeñan emporios pecuniarios en adoración al tentador—, o asimismo entregados a la frívola dialéctica en que antaño naufragaron los escribas de Israel [Marcos 12:38-40], como quienes al presente instigan una percepción del ser humano entreverada de impostada libertad identitaria. Nils Runeberg y su inventor blasfemo se cuentan entre los postreros, pues, al igual que el Iscariote o la inmensa mayoría, doblegaron temple a la vanidad del mundo, unwilling to surrender to The Verb while dreaming with their open eyes.

 

 

Rafael de Antigua [abril, 2025]



[a] Todas las citas bíblicas corresponden a la «Biblia de Jerusalén», edición española, 1975

[b] Universario Queta [curaca cofán], testimonio personal; y Omar Contreras, s. f. “Llegar a ser taita en la tradición cofán”, sin publicar.

[c] Jorge Luis Borges, Tres Versiones de Judas; Ficciones, 1944

El Venado de Oro



Las conclusiones de la pasión son las únicas dignas de fe,
las únicas demostrativas.

Søren Kierkegaard


Ocurrió alrededor de las calendas de agosto de 1537, año del Señor. Martín Alvear de las Casas yacía sobre la hierba, al tiempo que sus ojos, que lentamente se extinguían, contemplaban el humo en que se convirtió la bola de fuego que precedió a éste, su deceso. Cierto calor sobre las sienes había acompañado su último delirio. “Mitad metal y mitad espíritu”, murmuraba aún para sus adentros, como quien describe la gramática de su propio asombro. Este fraile adscripto a la orden mendicante de los predicadores también hacía parte de la comitiva de sacerdotes en quienes Gonzalo Jiménez de Quesada y Rivera creyó apoyarse para vencer a los chyquy muiscas, la primera defensa del Zipa Tisquesusa. A Martín le habían dicho que en las calendas vendrían a por él, en tropel y sin aviso, raptándole de su mundo alguna tarde de Sol naranja en que el descuido de sus cabales se hiciera cerbatana y veneno. A su verdugo le había visto meterse entre sus sueños aún antes de zarpar las carabelas. Ahora que la hierba se iba haciendo borrosa el eco de su nombre le asaltaba el oído: Ubaque, Popón de Ubaque, pero ¿en dónde? Dentro de su memoria la imagen del indio se le aparecía montando el lomo de un venado de oro, aquella divina otredad que más de un siglo después sería la ruina del lusitano Diego Barreto, y de cuya captura dependía el hallazgo del tan ansiado Dorado, según la convicción del propio fraile.

Popón, que llevaba tiempos observando en lontananza, a veces a modo de vuelo y otras entre sus sueños, había visto centenas de hombres-venado armados de astas de trueno, todos ellos con el rostro parecido al del amado Bochica. Desde antes de conocer de cerca a esos intrusos los había visto surcar las aguas y llegar a la arena, los había visto separarse de sus venados sin cuernos y apoyarse sobre sus piernas como simples mortales, y los había visto también remontar el río largo y subir la cordillera, cubiertos de hojas de hierro, plenos de hediondez. Ellos representaban un segundo aviso de aquello que desde hacía largos años marchitaba las tierras del Sol. La agonía del maíz y la quinua, el sin sabor de la miel, la cólera de los más jóvenes, todo ello formaba un conjunto que tiempo atrás Popón había comprendido, no sin dolor. Hombre diestro en profecía y comercio de la palabra con los inframundos, bien sabía este brujo que la muerte del cuerpo físico en todos los casos actúa sólo como apariencia. Por eso antes y después del veneno estuvo Popón. Debajo de sus pies yacía el fraile. Un fulgor intenso iluminaba el derredor de la bizarra pareja.

Antaño, Martín Alvear había aprendido las artes de la espada y de la cruz en la lejana Palencia. Sus palabras aún musitaban ecos dialectales del castellano románico; su arte invocatorio, el latín litúrgico. Bajo su influjo los de Jiménez de Quesada habían desviado el camino hacia el Perú justo antes de subir la cordillera, cosa que sucedió después de una noche en que el fraile avistó despierto, por vez primera, la señal áurea. A solas, ante el comandante extremeño, Martín Alvear de las Casas supo convencerle que la captura del venado era imperativa.

“También lo he visto en sueños, dos veces ya”, afirmó con hincapié.

Las tierras del Inca tendrían que esperar. A los sueños afanosos se sumaron los relatos de algunos indios. En ellos se contaba de un venado dorado que deslumbraba entre los bosques y cuya morada original era la tierra del Dorado. Un rasgo común a todos los relatos llamaba la atención del fraile: estos siempre provenían de hombres ancianos, invariablemente parecidos entre sí [la palabra Mohán no ha sumado dentro del inventario construido por la academia ibérica de la lengua, ni siquiera hoy en día].

Aquella tarde de 1537 hacía tránsito a la oscuridad, luna de trece Q´anil maya en cuyo aire Alvear había vuelto al origen de su Ser, abandonado por la mismísima muerte que tantas otras veces lo protegió. A nadie más que a él temían los dorados. Lo suyo había sido rezo de bilis negra incluso desde el otro lado del Océano (vaya retruécanos esos que acometió la loca empresa de Castilla y Aragón). Cuentan los nietos de los nietos de los hermanos de Popón que durante los siglos de oscuridad que sobrevinieron al incendio del templo de Sugamuxi otros hombres como Martín Alvear de las Casas edificaron enormes campanarios, y que el redoble de los mismos hendió la materia de que están hechos los bosques, los pájaros y los hombres. Cuentan que cada campanazo hacía una raja en la paz del tiempo y el aire, y que así se colaron la gripe, la viruela y todas las demás sierpes hijas del miedo. Durante sus viajes y sus sueños nocturnos Popón, xeque de Ubaque, hechicero reconocido y vasallo del Zipa Tisquesusa, supo del tiempo en que habrían de perecer los hijos del Sol. Supo también que la urdimbre de aquella empresa no fijaría frontera en tierra o reino alguno, y que el tiempo de los vientos que van hacia adelante también se vería afectado. Popón entendió que la melancolía de las quenas era, acaso, un clamor, uno que habla de lo único que importaba defender de los extraños invasores. Y esa gente, los hijos de la confusión, dirigía sus impulsos allí donde el pálpito del fraile lo indicase. Helo ahí a Martín Alvear. Había sido él, quizá, el único español conocedor del silencioso secreto: mitad metal y mitad espíritu; el áureo venado arrastraba consigo las llaves que a hombres como Jiménez de Quesada le serían esquivas, hombres armados de astas de trueno a quienes su fuego de azufre cerró para siempre las puertas que conducen al Jaguar del Cielo.

―Ya no hay sentido en defenderse ―murmuró Tisquesusa, entre la resignación y el horror.
―Y tampoco en vindicarse. Ellos vencieron desde el otro lado de las aguas, antes de usted y de mí en este mundo ―respondió quedo el xeque de Ubaque―; los hombres del maíz perecerán, aunque no todos. A pocos nos queda una salida. Señor, tenga a bien llamar a los más puros entre los suyos. Cruzaremos la puerta de fuego cuando el templo arda. Tranquilo, tranquilo mi señor. El incendio será. Ellos no verán nada. Ah, una cosa: hay que seguir al venado. Esa es la señal.

Una vez cruzada la puerta de fuego por los indios la razón del fraile se trastocó en locura. No sabemos en propiedad si él mismo fue testigo de aquel tránsito. En todo caso, de haberlo visto o soñado, ni él ni nosotros podríamos soportar en adelante tamaña revelación. Cierto es que después del paso, ellos, los viejos chyquy y su Zipa, supieron tomar la textura del fondo vegetal y mineral a sus espaldas, habilidad desconocida para Martín Alvear de las Casas y para los demás europeos (incluso en nuestros días).

―Mitad metal y mitad espíritu ―continuaba murmurando el fraile aún para sus adentros, como queriendo entender la profunda vastedad escondida detrás de su Dorado, ignota y escurridiza quimera, ignorante incluso del modo en que su verdugo se le había puesto en frente sin dejarse mirar, por toda la eternidad.

Rafael, diciembre del 2010.
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© 2011, Luis Rafael Montes L.